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La Patria que Compartimos

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De acuerdo con las concepciones más clásicas, la idea de "patria" ya existía desde la antigüedad y con ella se definía el lugar de procedencia familiar, es decir, la tierra de los padres. 


Durante la Edad Media este mismo sentido se aplicó, equiparando los conceptos de patria (de pater, padre) y de país (de pagus, tierra, campo). En términos generales, se acepta la definición de patria como “la tierra adoptiva o natal a la que se pertenece por vínculos culturales, afectivos e históricos” (Diccionario de Política. Valletta Ediciones. 2001).


A partir de una comprensión adecuada de este concepto, es posible entonces coincidir con el filósofo Séneca cuando señaló que “ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya”. Y es este sentido de pertenencia el que comienza a depositarse en el ser humano desde las edades más tempranas. En efecto, el ser humano es un ser relacional y familiar, y esta característica posibilita que las personas convivan en un entorno familiar, primero, y en una comunidad, después. Son, en consecuencia, estos lugares de socialización, las principales fuentes que le introducen al niño o a la niña una identificación con su patria, con la “tierra de sus padres” y, con ello, una identificación con la simbología que la representa.


Dicho lo anterior, la patria que compartimos supone algo más que un espacio terrestre, aéreo o marítimo en el cual nos correspondió nacer y habitar. Supone, ante todo, un conjunto de tradiciones culturales, de lenguaje e idiosincrasia, de vivencias históricas y de una identidad que, en medio de la diversidad que caracteriza a los seres humanos, nos asemeja, nos agrupa y nos define.


En el hogar es donde ocurre la transmisión primaria de valores y costumbres, donde se aprende el idioma, donde se modelan los hábitos fundamentales y donde se construyen los cimientos principales sobre los cuales se articulan los pensamientos, comportamientos y causas. La familia es el lugar fundamental de aprendizaje de las costumbres y tradiciones que nos distinguen como ciudadanos, donde se inicia el proceso que definirá más adelante nuestra manera de ser y de actuar. Es en la familia donde se comienzan a narrar los acontecimientos más representativos de la historia patria, donde se propicia la participación de los hijos más pequeños en las celebraciones y festejos más relevantes, donde se motiva el involucramiento en las jornadas cívicas, donde se aprenden los cantos e himnos. Es por eso que, como decía Bacon, “el amor a la patria comienza en la familia”. La educación, por medio de docentes entusiastas y comprometidos, reforzará este proceso; pero las bases fundamentales se adquieren o no en la familia, de los padres y madres que, más que con lo que dicen, con su ejemplo transmitirán los valores cívicos, de participación ciudadana, de respeto a la dignidad humana, tolerancia, libertad y amor a la patria.


Pero la participación cívica no se debe reducir a manifestaciones conmemorativas o a esporádicas incursiones en el folclore nacional. La participación cívica se debe introducir desde la niñez motivando el interés por los procesos políticos que fortalecen la institucionalidad y la dinámica democrática. Se afianza también al no permitir que la indiferencia o la desilusión se apoderen del espíritu de los ciudadanos y, por el contrario, procurando desde los hogares una cultura de participación política y compromiso con las jornadas electorales, con los partidos políticos y con las diversas instancias que, a nivel comunitario, se establecen para promover el desarrollo local y nacional.


Es también desde la familia donde se introduce o no una cultura de respeto por el medio ambiente, por la importancia de cuidar los recursos naturales y proteger la biodiversidad con la que Dios dotó el espacio que compartimos como ciudadanos. Desde el hogar se inspiran y adoptan los hábitos más apropiados y las convicciones más profundas por no contaminar el medio ambiente y por promover el desarrollo sostenible. En la familia y en la comunidad, se inician los procesos de reciclaje de la basura y los niños y jóvenes aprenden así una forma con-creta y efectiva de amar a la patria, cuidándola y protegiéndola de la contaminación.


La patria que compartimos es además resultado de las relaciones que se construyen entre sus habitantes, de la convivencia que se establece entre los ciudadanos, y de la solidaridad que se impone en momentos de congoja o aflicción que enfrentan compatriotas como resultado de eventos o calamidades imprevistas. Pero ante todo, como respuesta fraterna cuando se evidencian las consecuencias de situaciones de pobreza, exclusión o desigualdad que afectan a muchas familias que sufren y que esperan el brazo solidario y el amor de sus compatriotas. Estos valores se fomentan en la familia y en la comunidad, y nos permiten aspirar a una patria mejor donde prevalezca el respeto, el amor al prójimo, la honestidad y la paz.


La patria sufre y decrece cuando desatendemos nuestra responsabilidad y sustituimos los valores que nos identifican por la adopción de actitudes y pensamientos confusos y distorsionados que relativizan el compromiso con el respeto a la vida y a la dignidad humana, que debilitan la familia y a los genuinos derechos humanos; pero también la patria sufre y decrece cuando la honestidad es sustituida por la ambición desmedida y la mezquindad, cuando la desintegración familiar y violencia en los hogares y en la sociedad eclipsa la auténtica vocación de un pueblo que ama la paz y el respeto a los demás. Por eso, el amor a la patria se cultiva y fortalece desde la familia misma y se lleva permanente en el corazón. En palabras del poeta Campoamor “el amor a la patria es la ley de gravedad del alma”.


Es en la familia donde se comienzan a narrar los acontecimientos más representativos de la historia patria, donde se propicia la participación de los hijos más pequeños en las celebraciones y festejos más relevantes, donde se motiva el involucramiento en las jornadas cívicas.


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