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La mejor institución para invertir: la familia




La extraordinaria capacidad de adaptación y flexibilidad que ofrece la familia para seguir cumpliendo sus funciones básicas en escenarios cambiantes, la provee de toda vigencia en el abordaje de su análisis y propuestas políticas en sus múltiples perspectivas. Si bien reconocemos que la familia es el grupo primario de actividad psicosocial y cultural, hoy goza de toda actualidad reconocer que es también un agente económico altamente importante.


En las familias se produce la más significativa inversión en capital social y en capital humano en la formación de la persona. Si bien la escuela, el colegio, la universidad y el resto de complementos de la educación formal ofrecen recursos de preparación a la vida en sociedad; una economía dispuesta a crecer con estabilidad, necesariamente debe ocuparse de la preparación de personas que se desarrollen en ambientes familiares equilibrados y estables.


Según la especialista española en temas de familia, Natalia López López, como unidad de ahorro y consumo la familia reduce los costes que supone para la el Estado la labor inicial de formación y humanización. A diferencia de otros actores, la familia es una unidad de consumo e inversión que actúa de manera muy diferente a la de otros agentes económicos y, especialmente, a las de los individuos que viven solos. Es decir, lo que consume la familia está destinado, potencialmente, a ser reintegrado a la sociedad en la persona de sus miembros a través de sus destrezas, valores e ideas.


La familia ocupa también una función redistributiva de la renta entre personas, entre generaciones e incluso entre territorios (remesas de emigrantes) como lo destaca López. De este modo, cuando se tienen hijos se incurre en unos costes que provienen de su educación y protección de su salud, y de cuyos resultados y logros nos beneficiamos todos, especialmente los mayores, y no sólo los que han tenido hijos. El mejor ejemplo de esto es el aporte a los sistemas de pensiones cuando estos retoños crecen, llegan a sus iniciales etapas económicamente activas.


Juventud y matrimonio. Jean Didier-Lecaillon, economista, profesor en la Universidad de Paris-Val de Marne e investigador miembro del Comité Europeo sobre Población, en sus estudios tanto económicos como demográficos resalta un suceso evidente de cómo desde los años 60 la gente se casa menos y más tarde, aumentan los divorcios, desciende la natalidad y se incrementa el número de hijos habidos fuera del matrimonio así como las uniones no matrimoniales.


Lecaillon también menciona con acento cómo los hijos dentro de la estructura familiar han dejado de ser inversión para el futuro a causa, fundamentalmente, de una baja en la natalidad, producto de la revolución contraceptiva, y de la desvalorización del trabajo de las mujeres en el hogar, donde las mujeres deciden, con libertad o siendo obligadas, a trabajar fuera de casa (la distinción resulta problemática para el profesor y para mí).


Ahora bien, un interesante artículo de la revista Time nos mostraba hace unas semanas cómo, a diferencia de esa generación de finales de los sesenta que nombraba Lecaillon, y que levantó sus armas contra las tradiciones recibidas e hizo gala de su carácter crítico, la generación del Milenio –la de aquellos que ahora tienen en torno a 18 años– es extrañamente convencional, explica Nancy Gibs en Time basándose en los datos del último informe del Pew Research Center. “Preguntados sobre las metas de sus vidas, el 52% dice que ser un buen padre de familia es lo más importante para ellos, seguido de tener un matrimonio feliz. El 59% piensa que el aumento de nacimientos extramatrimoniales es perjudicial para la sociedad. Y mientras que son más tolerantes que las generaciones anteriores, tienden más a rechazar que a apoyar la cohabitación”.


Este razonamiento de los jóvenes no es sólo cuestión de consideración social. Para el antropólogo norteamericano David W. Murray, el matrimonio, a diferencia de la unión fáctica, tiene ciertos efectos sociales objetivos, de los que destaca uno: el parentesco. El matrimonio, dice, crea unos vínculos formales que fundan obligaciones de ayuda mutua. De este modo, para Murray "la ausencia de matrimonio es uno de los principales motivos por los que las familias de un solo padre se encuentran a menudo en situación de pobreza y sus hijos tantas veces se convierten en víctimas y transgresores solitarios". Esto los jóvenes lo entienden y en el plano afectivo incluso mejor hasta que sus padres.


"El matrimonio -afirma Murray- es la infraestructura cultural de la sociedad, los puentes de interconexión social. La historia de la sociedad humana muestra que cuando la gente deja de casarse, queda amenazada su supervivencia como cultura". A veces, se piensa que distinguir las parejas por su estatuto jurídico obedece a actitudes sociales anticuadas; que lo importante es sólo el afecto, mientras que el matrimonio es un mero papeleo: ¿qué más da inscribirse o no en el registro? Eso nada tiene que ver con la antropología cultural; además, la realidad actual muestra que no da lo mismo.


Hoy nos resulta evidente que, por encima de toda adversidad o contrariedad, la familia ha conservado su papel de protección y de instrumento de cohesión social: sigue cuidando de sus enfermos y ancianos, los niños continúan siendo el centro de atención y los jóvenes procuran la independencia de sus padres con el matrimonio ¡La familia así es un muy buen negocio!


También fue publicado en: http://www.nacion.com/2010-06-06/Opinion/Foro/Opinion2397753.aspx